Thursday, July 28, 2005

3.3.2 El debate: Peligros en los Parques

En este acápite, analizaremos cierto contenido del foro escrito de la publicación Conservation Biology. Presentaremos los aspectos más relevantes de un debate en torno al rol de pueblos indígenas y comunidades rurales en la conservación de los ecosistemas forestales. El mismo consistió en una serie de artículos, "papers", publicados y agrupados bajo el rótulo de "Foro de conservación" (Conservation Forum). Lleva por título Repensando la conservación del bosque tropical: Peligros en los parques (Rethinking Tropical Forest Conservation: Perils in Parks).

Además de la importancia que reviste este debate, en virtud de la temática discutida allí, el mismo aporta material clave que arroja luz para una debida comprensión de la política de conservación ambiental que llevan adelante tanto el Consorcio Prime, como la Fundación para la Conservación del Bosque Seco Chiquitano. Nos referiremos en esta instancia en forma específica a la organización no gubernamental Wildlife Conservation Society - WCS. La participación de esta institución en la constitución de la FCBC y su relación con el Museo Noel Kempff, resulta fundamental e imprescindible, si se tiene en cuenta que es el único miembro de este grupo que cuenta con el aval internacional de una prestigiosa y secular trayectoria en el estudio y la preservación de la fauna silvestre en todo el mundo.

El debate en cuestión comprende la aptitud de indígenas y campesinos en el uso sostenible de recursos y el impacto de dicho uso en la biodiversidad y en la conservación en general. Reconoce además, un precedente en otra cuestión controvertida, la discusión en torno al impacto de las poblaciones locales en los ecosistemas que habita y en los que obtiene los recursos para la satisfacción de sus necesidades básicas y también las atinentes al desarrollo y reproducción de su cultura.

Un segundo aspecto relacionado a considerar en este lugar, es el relativo al bajo impacto sobre los ecosistemas atribuido a los pueblos originarios, bajo impacto que habría permitido el mantenimiento de los ecosistemas en estado "prístino", ya que respondería a las limitaciones insuperables que el medio presenta para el desarrollo demográfico y cultural. Existe, con respecto a esta cuestión, un conjunto de evidencias ilustrativas acerca de cuál es y ha sido el papel de las poblaciones humanas en la Amazonía en el manejo de la diversidad genética y de factores abióticos.

El Foro de conservación se encuentra precedido por un resumen cuya versión castellana se transcribe, con alguna modificación, a continuación, (negreado nuestro):

De acuerdo con algunos conservacionistas, los grandes parques deshabitados, prístinos, es el criterio identificatorio del éxito en la conservación de los bosques tropicales. Ellos arguyen que los residentes humanos de los bosques tropicales inevitablemente agotan, mediante la cacería, las poblaciones de animales de tamaño grande, lo que dispara una reacción en cadena de eventos de carácter ecológico que disminuyen en gran medida el valor de conservación de estos bosques. A partir de esta premisa, ellos creen que el desalojo de la gente de los bosques tropicales es un paso esencial en la creación de parques exitosos y en la conservación de la naturaleza en los trópicos. Este enfoque puede, sin embargo, llevar a consecuencias indeseables. Los residentes en los bosques - y la población rural en general - son poderosos actores políticos en las regiones de bosque tropical y un componente esencial de los factores de decisión política ambiental que son necesarios para la conservación de los bosques tropicales en el largo plazo. En la Amazonía y también en otros sitios, las poblaciones rurales están defendiendo de la deforestación y de la tala descontroladas, áreas de bosque tropical mucho más extensas que lo que abarcan los parques, conservando, de este modo, los servicios ecológicos provistos por estos bosques y la mayoría de las especies de plantas y de animales que los componen. Más aún, los datos son demasiado escasos como para juzgar los efectos de los habitantes humanos de los bosques sobre las poblaciones de animales de tamaño grande que se hallan en esos bosques. La creación de parques de bosque tropical prístino es una importante meta de conservación, no obstante, la prosecución exclusiva de esta meta menoscaba los objetivos de mayor amplitud de la conservación, al identificar a los residentes del bosque y a otras poblaciones rurales como los enemigos de la naturaleza.[1]

La cuestión a dirimir se define con claridad desde el comienzo. Se trata de determinar si la conservación excluye a los humanos para lograr sus metas, o si, por el contrario, en tanto conservación, necesita la participación de los pobladores del entorno que ha de conservarse. Discusión que fue planteada cuando (negreado nuestro),

En los últimos años, un grupo de biólogos estudiosos de la ecología tropical ha sostenido que la presencia humana en los bosques tropicales es, en última instancia, incompatible con la conservación de la diversidad biológica (Redford 1992; Redford & Stearman 1993; Peres 1994; Peres & Terborgh 1995; Kramer et al. 1997; Brandon et al. 1998; Terborgh 1999). Aunque llamaron la atención sobre los importantes efectos, en los bosques tropicales, de la cacería en las poblaciones de animales de tamaño grande, el efecto más importante de sus afirmaciones fue darle al futuro de los bosques tropicales la forma de una elección artificial entre la conservación, definida como la preservación de parques prístinos, deshabitados, y la destrucción de la naturaleza (i.e., el resultado inevitable de la presencia humana en el bosque). La opción real es, sin embargo, en grandes porciones de los trópicos, entre bosques habitados y defendidos por la gente y áreas de pastura para la ganadería o de agricultura industrial.[2]

Las posiciones están claramente definidas: de una parte quienes creen que la conservación es impracticable donde existe población humana y de otra, quienes sostienen que es, precisamente, indispensable el protagonismo de las poblaciones rurales (etnias y comunidades campesinas) si se quiere establecer un sistema de conservación eficaz, aún incluyendo las áreas protegidas y parques nacionales, insuficientes en sí mismos para implementar una política de conservación que fuera viable. A continuación se cita un ejemplo de conservación dependiente de presencia humana,

(...) En Brasil, por ejemplo, las reservas indígenas y extractivas (reservas forestales manejadas por recolectores de goma y otras comunidades tradicionales) protegen áreas de bosque nativo mucho mayores de lo que lo hacen las áreas protegidas deshabitadas, y ellos son mucho más efectivos para parar la deforestación en las regiones de frontera en expansión (Instituto Socioambiental 1996,1999). Cuestionar la validez de los pobladores del bosque y de sus representantes en cuanto voz que habla en nombre del bosque, es una manera menos eficaz para lograr la conservación del bosque tropical que construir alianzas con ellos.[3]

¿Por qué, entonces no se reconoce este hecho y se insiste en negar la efectividad de la conservación por cuenta de poblaciones locales? Existe una variedad de explicaciones. Los autores del trabajo que estamos citando señalan una de ellas y sostienen que (negreado nuestro),

Una razón por la que, en forma típica, los preservacionistas no ven a la población local (que no sean guardaparques y administradores) como aliados potenciales es, a menudo, un énfasis sobre-generalizado en el crecimiento poblacional y en otros parámetros biológicos (o zoológicos), tales como la cacería como las amenazas principales para la biodiversidad (Ehrlich 1988; Kramer et al. 1997; Terborgh 1999). Sin embargo, hay, con frecuencia, causas de deforestación previas, directas. Brasil tiene más tierras agrícolas per capita que los Estados Unidos, pero la tasa de deforestación se halla entre las más rápidas del mundo (FAO 1997). El desarrollo de infraestructura, los incentivos gubernamentales y la iniquidad en la tenencia de la tierra tienen mucho más que ver con el problema de la deforestación que la población (Hecht et al. 1998; Browder 1988). Aún en el caso de Indonesia, con una densidad de población mucho mayor, una gran parte de la deforestación y quema de bosques es propulsada por concesiones madereras y por plantaciones otorgadas a amigos del gobierno. Mucho tiempo antes de que la expansión de la población empobrezca los recursos naturales, las decisiones políticas mueven el proceso de destrucción, a menudo a pesar de la racionalidad económica (Gillis 1992).[4]

Los autores brindan una aproximación explicando que, en materia de conservación hay diferentes esquemas o modelos. Algo similar a lo que ocurre en el área de la economía. El problema sería entonces cuál modelo aplicar o desarrollar. En este sentido puede decirse que existe (al igual que en economía) una tendencia a implementar un modelo globalizador para la conservación del bosque en los países amazónicos. Globalizador en virtud de la inobservancia de las condiciones locales como determinantes del modelo viable. El texto a continuación da a conocer los términos esenciales del problema (negreado nuestro).

En épocas recientes, los parques custodiados son para los abogados de los parques-libres-de-gente, las joyas de la corona de la conservación, o simplemente una cuestión de hágalo o destrúyalo. El modelo de conservación en el mundo en vías de desarrollo, para esta visión, es Costa Rica. Terborgh habla de un nuevo paradigma para la conservación tropical dentro de estos lineamientos. Sin menoscabar los extremadamente importantes logros ambientales de Costa Rica, esta nación no tuvo otra alternativa con respecto a un modelo de conservación basado en la estrategia estadounidense de parques-libres-de -gente, porque sólo le quedaban fragmentos de bosque cuando comenzaron los esfuerzos de conservación.[5]

Aunque parezca obvio, no está de más recordar que la Amazonía no está en Estados Unidos. Los autores del trabajo también ponen énfasis en este detalle, como se muestra en el pasaje que sigue a continuación, donde advierten que (negreado nuestro),

La adopción de este modelo como la prioridad de mayor rango para la Amazonía - una región forestal que tiene la mitad del tamaño de los Estados Unidos continentales, de la cual se encuentra intacto, probablemente, más del 80% - corre el peligro de hacer de los esfuerzos de conservación una profecía condenatoria de autocumplimiento. Puede que la Amazonía (u otros bosques nativos grandes) sean necesarios primero y principalmente, para mantener 75 mil millones de toneladas de carbono - equivalente a 13 años de emisiones globales de dióxido de carbono - en la biomasa del bosque y fuera de la atmósfera y para mantener la evaporación cada año a la atmósfera de 7 millones de millones de toneladas de agua, generando las nubes de lluvia que hacen posible la existencia de afamados sitios de biodiversidad, tales como los bosques húmedos de la región de Manu. Constituye una virtual certeza, el hecho de que, si las grandes superficies de bosque no pueden cumplir estas funciones, la clase de conservación que valoran los abogados de los parques libres-de-gente no será posible. Y, si ha de haber paisajes de bosque tropical grande, intacto en el mundo de nuestros nietos, los conservacionistas deben parar de debatir el significado de la palabra naturaleza, y comenzar a brindar apoyo a los elementos de decisión para la conservación del bosque tropical, dentro y alrededor de los bosques.[6]

Este planteamiento remite al problema de la política sobre tenencia de tierras y sus relaciones con la conservación de los recursos naturales y de la biodiversidad. Los autores reconocen la importancia del vínculo existente entre tierras públicas y conservación de la biodiversidad. Este texto tiene relevancia por cuanto su autor es uno de los partidarios de los bosques-libres-de-gente. Con las advertencias del caso, Jhon Terborgh sostiene lo que sigue:

Primero, el status legal de las reservas extractivas en Brasil es de carácter provisional, que puede rescindirse por el gobierno en el momento que cambien las condiciones sociales o económicas (Peres & Terborgh 1995). Segundo, la recolección de productos forestales no maderables, constituye un modo marginal de vida (Salafsky et. Al. 1993). Schartzman mismo ha documentado que la familia de un "siringuero" (extractor de goma) típico subsiste sobre la base de un magro ingreso de $US 960 al año. (Swartzman 1989). Los siringueros viven en el peldaño más bajo de la escala económica y se hallan retenidos allí por falta de educación y de habilidades requeridas por el mercado laboral. Mi visión del modo de vida siringuero es que está tornándose en anacronismo. En consecuencia, mas que representar una visión del futuro, toda la idea de las reservas extractivas es nostálgica y mira hacia atrás (….) [7]

A riesgo de que esto suene a chauvinismo, creo que el sistema mixto de tenencia de la tierra con el que nos hemos tropezado en los Estados Unidos a través de accidentes de la historia, en un modo que dista muchísimo de ser casual, es el mejor modelo disponible para conservar recursos naturales. Prácticamente un 40% del territorio nacional de Estados Unidos es tierra pública administrada por una variedad de agencias federales y estaduales. Otro pequeño porcentaje es tierra comunal sobre la cual se ha cedido la soberanía, mediante tratado con tribus indígenas. Ahora, estimados lectores, déjenme preguntarles: ¿Cuántos de ustedes han sido llevados a visitar reservaciones tribales con la promesa de ver fauna silvestre? El resto del territorio de los Estados Unidos es tierra privada. Las tierras forestales privadas están siendo, en forma creciente, sembradas con monocultivos de pinos, abetos y otras especies cosechables genéticamente "mejoradas". En estas tierras, la biodiversidad es igual a cero.[8]

(…) La biodiversidad sobrevive y continuará sobreviviendo en nuestras tierras públicas. Las tierras públicas son para beneficio público, de forma tal que las políticas bajo las cuales se las maneja son materia de intenso debate político. Las tierras públicas en los Estados Unidos están aseguradas por ley y el sistema goza de un vasto apoyo popular. El uso de la tierra se halla, del modo más crucial para la biodiversidad, legalmente ordenado. No es posible convertir los Parques Nacionales a la agricultura, o cultivarse en ellos monocultivos de especies exóticas. A los pastizales nacionales no puede sembrárselos con pasturas forrajeras foráneas o usarse el arado en ellos. En primer lugar y de manera primordial, es nuestra legislación de tierras públicas lo que preserva la biodiversidad en los Estados Unidos. La así llamada "Rebelión de Sagebrush" de los años 80', un movimiento de ganaderos y mineros del Oeste, nunca despegó del suelo porque la población de los EE.UU., apoyó sólidamente, como un todo, el concepto de tierra pública.[9]

Hay una afirmación aquí que aparece de manera implícita. El autor alude de forma indirecta que en los territorios indígenas no queda fauna silvestre, y que ésta existe únicamente en las áreas forestales que son de propiedad pública. Para responder a este argumento, y poder avanzar en el desarrollo del debate - incluyendo las reservas extractivas - transcribimos la respuesta a este tema elaborada por Stephan Schwartzman, Adriana Moreira y Daniel Nepstad. En ella hallaremos respuesta a la pregunta: ¿Quién exterminó a los bisontes?

Terborgh, en particular, parece no advertir que tanto las reservas extractivas como las tierras indígenas pertenecen a la nación: son éstas tierras federales (inalienables en el caso de las tierras indígenas) para las cuales los grupos locales tienen, los derechos de uso. La noción de "transferir valiosos recursos naturales" a las comunidades locales, concebido de modo similar a la Rebelión de Sagebrush en los Estados Unidos es, de esta forma, una analogía groseramente inexacta. Terborgh pregunta en forma retórica ¿cuántos lectores han sido llevados a visitar reservaciones tribales en los Estados Unidos mediante la promesa de ver espectáculos de fauna silvestre? Puede que aquellos que omiten estudiar historia estén realmente condenados a repetirla. Los grandes espectáculos de fauna silvestre en Estados Unidos fueron llevados a la destrucción por los colonos blancos, no por los indígenas - del modo más notable el bisonte americano (Bison), puesto al borde de la extinción como una cuestión de política pública, precisamente con el fin de reducir a la indigencia a los indígenas de las praderas y ocupar sus tierras.[10]

Vemos más adelante en el debate, porque es correcto considerar que, desde un punto de vista de conservar ecosistemas, la privatización es el peor destino posible.

En este punto, basta con decir que el mundo se beneficia actualmente de una ventana abierta hacia una oportunidad, enmarcada en el hecho de que aproximadamente el 80% de todos los bosques tropicales de frontera se mantiene en poder del sector público. Sin embargo, es improbable que la oportunidad persista indefinidamente. La actual tendencia global es hacia la privatización. La privatización es el peor de los posibles destinos para los bosques tropicales, porque bajo las leyes de la mayoría de los países no hay nada que impida a los propietarios privados convertir el bosque en una plantación de monocultivo, tierra agrícola o pastura para la ganadería. Si los bosques naturales, fuera de áreas formalmente protegidas, han de sobrevivir al siglo XXI, ello será porque los gobiernos aprueben legislaciones que establezcan áreas forestales permanentes, comparables a nuestro sistema de parques nacionales.[11]

Si bien Terborgh se declara favorable a la propiedad pública de las áreas forestales, es un adversario declarado de la autonomía local en la administración y manejo de los recursos naturales. Su juicio al respecto concluye que la condición de local es necesaria pero no suficiente. El mismo autor es explícito cuando al comienzo del párrafo expresa su escepticismo. Sus propias palabras:

En cuanto a transferir a la población local el cuidado de valiosos hallazgos de recursos naturales sin explotar, mantengo una profunda reserva. ¿Por qué los conservacionistas aquí, en los Estados Unidos se oponen de forma tan vigorosa a la Rebelión de Sagebrush, la cual fue en gran medida un movimiento de la población local? Y, ¿qué ocurriría si las tierras del US Bureau de Land Management (Oficina Federal de Manejo de Tierra) y el US Forest Service (Servicio Forestal Federal) en el Oeste fuesen transferidas al control estadual o local? La idea es tan inquietante que ni siquiera me agrada contemplar su posibilidad.[12]

Terborgh no distingue local de originario. En Estados Unidos la condición de local no reviste la importancia que tiene desde el punto de vista de una población originaria que ha sido local durante 100 o 200 generaciones. Como respuesta a la argumentación precedentemente citada, transcribimos el razonamiento de Schwartzman et al., en el cual puede advertirse que concepciones como la que mantiene J. Terborgh son producto de una percepción sesgada, ya que (negreado nuestro),

Esta visión altamente selectiva de la historia de la conservación en los Estados Unidos se describe más exactamente como nostálgica que como retrospectiva. Solamente mediante un optimismo excepcional - o un pesimismo profundo - puede proyectarse un sistema que tiene el 5% de los bosques nativos de la nación no protegidos, como un modelo para un bosque de la mitad del tamaño de los Estados Unidos que se encuentra todavía intacto en un 80%. Nuestra visión es, de hecho, diferente de la de Terborgh y Redford & Sanderson. Da comienzo con la protección efectiva de las tierras de los pueblos indígenas y tradicionales y se erige sobre las docenas de proyectos de educación local, salud y económicos que dirigentes locales, profesionales y científicos han desarrollado a lo largo de los últimos 20 años que señalan el camino hacia una vida mejor para la gente dentro y en torno al bosque. Ponemos nuestro énfasis en el diálogo continuado, en la experimentación, en el apoyo a sindicatos, asociaciones y otras organizaciones de base que procuran una agricultura familiar sostenible, y en el apoyo a los dirigentes políticos ambientalistas tales como aquellos de la Amazonía. Proponemos continuar y expandir el diálogo con todos los actores en temas de interés común, como ser la prevención de incendios. Vemos como una prioridad crítica la creación de medios para compensar a las comunidades del bosque y a los gobiernos por los servicios del ecosistema del bosque. La creación y protección de áreas indígenas y de reservas extractivas y asegurar efectivamente la seguridad de la posesión para los pequeños agricultores, no son, como la creación de un parque, el fin de un proceso, sino el comienzo.[13]

El siguiente texto del debate corresponde al artículo firmado por Kent H. Redford, Wildlife Conservation Society, (WCS) y Steven E. Sanderson, Emory University, titulado "Extraer a la gente de la naturaleza” (Extracting People from Nature). Lo consideramos de especial relevancia porque uno de sus autores, K. Redford, desempeña un importante cargo en el seno de la WCS.[14]

Los fragmentos que siguen servirán para poner de manifiesto el pensamiento que orienta el accionar de WCS, organización que ha influido significativamente en la creación de Areas Protegidas y de reservas de vida silvestre de Bolivia, así como también en el diseño de planes de manejo de estas áreas. Por otra parte, también ha tenido una participación importante en la formación académica de numerosos biólogos bolivianos. Su visión de la conservación remite a un esquema de competencia por los recursos entre distintos grupos sociales; esto se refleja claramente en el tratamiento que da a la cuestión de las reservas extractivas. Dice con referencia a ello que,

Las reservas extractivas fueron creadas como espacios sociales, no como ecológicos, y "las reservas extractivas, cuando son exitosas, protegen las oportunidades económicas de grupos selectos de residentes del bosque, pero ellas no necesariamente protegen el bosque natural". Lo mismo es cierto para las tierras indígenas. Esto no es para culpar a estas poblaciones por ganarse su sustento, sino para admitir que al hacerlo ellos tienen efectos significativos en el bosque.[15]

El siguiente texto contiene la respuesta de Schwartzman et al. al controvertido tema donde se dice que las reservas extractivas sí son ecológicas. Para estos autores (negreado nuestro),

Hay también un número de erróneas interpretaciones en torno a cuestiones de hecho en los comentarios de Terborgh y Redford & Sanderson que tienen importantes implicancias. Terborgh aduce que las reservas extractivas son no permanentes y puede rescindírselas cuando cambien las condiciones. Las reservas extractivas son creadas, de hecho, por decreto presidencial y puede modificárselas por ley (i.e., por el congreso), de igual modo que en el caso de todas las otras áreas federales de conservación en Brasil, incluyendo los parques nacionales. Redford & Sanderson sostienen que las reservas extractivas son "espacios sociales, no ecológicos". En verdad, ellas son ambas cosas: "El Poder Ejecutivo creará reservas extractivas en territorios considerados como de interés social y ecológico" (Decreto No. 98.897, 30 de enero de 1990). Las comunidades en una reserva contratan la concesión en el largo plazo de los derechos de uso del gobierno para la reserva, solamente cuando ellas han presentado, a través de una organización representativa, un plan de uso para el área que cumpla con los principios de sostenibilidad establecidos en la ley y que pueda rescindirse en el caso de daños ambientales. Como Carneiro da Cunha y Almeida apropiadamente lo han expresado, las poblaciones tradicionales (aunque no las indígenas) son, en un sentido legal, partes en un pacto con la nación: a cambio de tierra y otros derechos ellos aceptan practicar un uso sostenible de los recursos naturales. Lejos de darle a la población local "la responsabilidad exclusiva de la viabilidad política de las áreas protegidas" (Chiccón; Redford & Sanderson), las reservas remueven, en primera instancia, un obstáculo clave para investir su autoridad, mediante la resolución de los conflictos de tierra y garantizando seguridad en la tenencia.[16]

Transcribimos a continuación un fragmento de Redford & Sanderson, en el que se puede observar la percepción de estos autores con respecto a los pobladores de áreas forestales como el mal menor frente a otras opciones (negreado nuestro):

Primero, ningún conservacionista que conozcamos está en desacuerdo con el hecho de que, por muchas razones, los habitantes rurales de bajo impacto en los bosques son preferibles a los agentes de deforestación en gran escala. Esto no se basa en la suposición de que esa gente no tiene efecto alguno en el bosque, sino en que ellos tienen menos efecto que otros usuarios, como ser los dueños de plantaciones o los criadores de ganadería extensiva. El efecto de tales habitantes del bosque debe reconocerse como un producto ineludible de su existencia, pero no los identifica, necesariamente como enemigos de la conservación, como lo hacen los abogados de culpar a la gente rural pobre por la deforestación. La más vigorosa defensa de la conservación no debe negar los efectos humanos de las poblaciones indígenas o tradicionales, sino que debe trabajar con ellos como parte de un equilibrio realista en la conservación y el uso (Redford & Stearman 1993; Redford & Richter 1999).[17]

A continuación, estos autores trasladan el argumento al terreno político, en el que la ausencia de potestad presenta un nuevo obstáculo para atribuir confiabilidad a los habitantes del bosque.

Segundo, poner sobre los hombros de habitantes del bosque relativamente carentes de poder y de autoridad, la carga de parar a las poderosas fuerzas en términos económicos, políticos y sociales que impelen a la deforestación es, en el mejor de los casos, injusto, y en el peor, peligroso. Las fuerzas que abogan por la racionalización a gran escala de las fronteras del bosque han alegado durante algún tiempo, que las poblaciones rurales pobres de todas las clases son las fuentes principales de la depredación ambiental. Siguiendo esa línea, los gobiernos nacionales han permitido que las compañías mineras de gran escala desplacen de las concesiones grandes a los mineros lavadores de escala pequeña, a racionalizar la propiedad indígena a través de la representación legal por parte de grandes corporaciones y a procesar penalmente a agricultores que se atrevan a quemar pequeños manchones de bosque - con frecuencia a lo largo de las carreteras creadas por las compañías madereras.[18]

Luego de negarles capacidad y autoridad en el manejo de recursos, el siguiente paso es negarles autenticidad y honestidad en las posiciones asumidas por los representantes de los grupos originarios. He aquí el planteo:

No es infrecuente que coaliciones políticas dirigidas desde la cúspide asuman el rol de hablar por los pobres sin mostrar que realmente ellos lo hacen así. El mundo de las organizaciones no gubernamentales y de organizaciones-paraguas hablando en nombre de pueblos indígenas o sin voz en el bosque, puede plantear demandas de orden superior para la defensa, sólo si pueden representar verdaderamente a las poblaciones que defienden. Tal demanda no puede depender de virtudes que los pueblos indígenas no se atribuyen a sí mismos, y no puede ser acrítica acerca de los efectos que la gente tiene en las tierras frágiles.[19]

La respuesta de Schwartzman et al. es categórica: Los indígenas tienen voz propia. Por otra parte, deja ver cierta reticencia por parte de Redford & Cía. con referencia a la información que él mismo maneja. Dicen Schwartzman et al.,

(...) Redford & Sanderson mantienen que "poner sobre los hombros de residentes del bosque carentes relativamente de poder la carga de parar ... la deforestación," es "en el mejor de los casos injusto, y en el peor, peligroso." Redford & Sanderson van más allá y nos caracterizan como "hablando por los pobres sin mostrar realmente que lo hacemos" y como fracasando en "representar en forma verdadera a las poblaciones que defendemos." En breves palabras, o bien los indígenas y los pobres de las zonas rurales, quienes sostienen metas ambientales, están mintiendo con el fin de obtener una ventaja política, o hemos puesto las palabras en sus labios. Sin embargo, como Redford bien sabe, las organizaciones indígenas mantienen estas metas por sí mismas.[20]

Como respuesta, Redford & Cía., acuden considerar desde su posición cientificista, a la conservación como una cuestión política, y vincular la definición del término bosque al mismo ámbito (lo político), lo cual resulta un argumento de carácter evasivo o bien carencia de argumentos que refuten las críticas al modelos de conservación que ellos defienden y ejecutan. Dicen así,

(…) Si entendemos la política como los debates políticamente disputados sobre la asignación de valores, entonces, los argumentos acerca de la definición de conservación son de un modo inherente, políticos. Sugerimos que es ésta la mejor luz bajo la cual mirar los argumentos presentados por Schwartzman y sus colegas.

Conservación del bosque es un término peligroso porque significa muchas cosas para tanta gente. La misma palabra bosque se ha convertido en un término político cuyo significado es altamente contencioso. Puede que mientras pensamos en conservar un "bosque", por ejemplo manteniendo la totalidad de los componentes (genéticos, especies, comunidad y ecosistema) y de los atributos (estructura, función y composición), Schwartzman et al. consideran claramente el bosque como una colección de árboles que secuestran carbono, que no arde y que provee un hogar para gente que obtiene del bosque parte de su sustento. "Nuestro" bosque tiene todos sus animales grandes en poblaciones ecológicamente funcionales, sean o no estas especies clave para la integridad del bosque; puede que el de ellos no.[21]

De modo que ¿Cuál versión del bosque salvar? Cabe señalar que Redford & Cía. intentan críticas que, mas que apoyar su posición, tienden a degradar la de sus oponentes sembrando dudas sobre su honestidad profesional. Nuevamente aquí aparece la dispersión de argumentos que atenta contra la coherencia general, dicen Redford & Cía.,

Estamos de acuerdo con Schwartzman et al. en que "la protección de bosques deshabitados es, en forma crítica, una meta importante," y también aceptamos que "que los bosques que han sido alterados por poblaciones humanas... también tienen un valor de conservación tremendo". No estamos de acuerdo en que ellos puedan afirmar que representan a la conservación, porque su artículo está basado en tan ligera lectura de una literatura que todos deberían respetar - o al menos debatir de una manera honesta. Nosotros tampoco concordamos en que "los pueblos del bosque y sus representantes... hablan en nombre del bosque". Puede que ellos hablen en nombre de su versión de un bosque, pero no hablan en nombre del bosque que nosotros queremos conservar. Reconocer y admitir esta diferencia es el primer paso para construir una alianza fuerte contra las más grandes y obscuras fuerzas que impulsan la destrucción del bosque; obscurecerla es poner a los aliados naturales uno en contra del otro.[22]

Se requiere algo más que los parques prístinos para alcanzar una política de conservación efectiva. Responden Schwartzman et al. que salvar parques prístinos y no tener en cuenta las áreas con influencia de pobladores es abrigar ilusiones peligrosas. Por cuanto (negreado nuestro),

Si es verdad que es imposible mantener la integridad ecológica de grandes bosques fundada en territorios de indígenas y de pueblos tradicionales, entonces, probablemente será imposible hacerlo en algún otro lugar en la frontera. De la misma forma, también es improbable que unos pocos parques / fragmento conservarán mucha biodiversidad por mucho tiempo. En este sentido, Terborgh y Redford & Sanderson subestiman la amenaza para el bosque, imaginando que los parques estilo Estados Unidos sobrevivirán a perpetuidad, en ausencia de los servicios de los ecosistemas provistos por grandes extensiones ininterrumpidas de bosque nativo. Es una ilusión peligrosa imaginar que existe una elección entre "transferir el cuidado de valiosos tesoros de recursos naturales no explotados a la población local" (Terborgh) y conservación no-sin-sentido, como ambos autores piensan. El bosque está ya habitado y la protección de algo más dependerá de que la población local sea capaz de alcanzar prosperidad en y alrededor de él, sobre una base sostenible.[23]

Esta visión del problema es corroborada por Marcus Colchester, en su artículo del debate titulado "Autodeterminación o determinismo ambiental para los Pueblos Indígenas en la conservación del bosque tropical". Coincidente con los autores del texto anterior, para Colchester sólo con parques no basta. Así lo expresa:

Los abogados de los parques-libres-de-gente arguyen que la ocupación humana de los bosques tropicales, inevitablemente acarrea pérdida de biodiversidad, en forma notable mediante la eliminación de los grandes predadores y la consecuente disrupción de los ecosistemas. Schwartzman et al. (en esta publicación) hacen un buen trabajo contrarrestando esta visión simplista, tanto cuestionando su base empírica, como argumentando que las áreas protegidas necesitan ocupantes humanos que las defiendan. En un mundo crecientemente globalizado y liberalizado, los conservacionistas no pueden confiar en las acosadas burocracias estatales para defender áreas protegidas, aisladas, de gran biodiversidad. Las áreas estrictamente protegidas requieren ser implantadas dentro de paisajes manejados, mucho más extensos, ocupados por seres humanos que también se ocuparán de cuidar el ambiente y el bienestar de las futuras generaciones.[24]

Acto seguido, Marcus Colchester aborda la cuestión desde una perspectiva apropiada: Biodiversidad y territorios indígenas o inestabilidad política y conflicto social:

(…) Se reconoce que hoy, tanto como el 85% de las áreas protegidas en todo el mundo, está habitado por Pueblos Indígenas (Alcorn 2000), y la mayor parte de las áreas remanentes de bosques tropicales con alto grado de biodiversidad también están en su posesión, o su tenencia es reclamada por ellos (Weber et. al. 2000). Tiene más sentido para los conservacionistas trabajar con estos pueblos que arrojarlos dentro del rol de villanos ambientales y expulsarlos de su tierra natal. Elegir este último curso de acción es una ruta segura hacia el conflicto social y la inestabilidad política (Colchester 1994; Ghimire & Pimbert) . [25]

Schwartzman et al. no descartan ninguna opción de conservación, pero ponen de manifiesto, de manera inequívoca, la imposibilidad de prescindir de actores locales para conservar aun en el caso de áreas sin pobladores, para estos autores, la ampliación no la exclusión de la participación de base es la fuerza que puede propiciar la conservación (negreado nuestro):

Todos estamos de acuerdo en que las reservas naturales con una mínima influencia humana son un componente importante de toda estrategia de conservación en el país que fuere. El tema de la controversia es, más bien, cómo lograr del mejor modo una conservación de la naturaleza significativamente más amplia, más comprehensiva, en una región tal como la Amazonía, donde cuatro quintos del bosque se hallan todavía de pie. En este escenario, resulta contraproducente insistir que la única naturaleza que merece conservarse es prístina, sin ninguna influencia humana, como Terborgh (en esta publicación) y Redford & Sanderson (en esta publicación) parecen estar expresando. Proceder en la línea de esta estrecha interpretación de conservación de la naturaleza es ignorar la escala y la oportunidad de ocurrencia de las amenazas humanas a este bosque. Para fines del episodio 1997-1998 de El Niño, por ejemplo, 1,5 millones de kilómetros cuadrados de bosque amazónico - un tercio del total del área boscosa que queda de la Amazonía - fueron disecados hasta el punto de inflamabilidad. La mayor parte del bosque no se prendió fuego porque se encuentra lejos de la frontera agrícola. Con la pavimentación de más de 4000 kms. de carretera dentro de la región central de la Amazonía, ocurrirán incendios de bosque a gran escala, así como habrá 100.000 -180.000 kilómetros cuadrados de deforestación adicional. Esta escala de amenaza para la Amazonía y otras formaciones de bosques tropicales grandes debe enmarcar nuestra aproximación a la conservación. Aún en el caso de que, por el solo hecho de la argumentación, los residentes del bosque que practican cacería de subsistencia, con baja densidad de población, acaban con poblaciones de animales de caza y alteran la composición de especies de los bosques a lo largo de generaciones, esta forma de empobrecimiento del bosque resulta inocua comparada con las alternativas realistas.[26]

Schwartzman et al. pasan ahora a definir con más precisión las diferentes comprensiones sobre la "naturaleza" del bosque a conservar. Quizás la pregunta que podría resumir el tema debería plantearse como ¿Bosques o santuarios? Así lo explican ellos:

Nuestra diferencia central con Terborgh y Redford & Sanderson se reduce a diferentes comprensiones de los sistemas naturales y sociales en cuestión dentro de la conservación. Terborgh y Redford & Sanderson, ven el bosque como un sistema natural que ha alcanzado un frágil equilibrio a través de miles de años. Es, en esencia, un producto acabado, y la protección de éste, significa el mantenimiento del estado de equilibrio. Bajo esta percepción, la ocupación humana y la sociedad humana son irrelevantes mientras la población sea escasa y con una tecnología rudimentaria, de toda otra forma, los humanos son perniciosos para la naturaleza prístina. Su solución: un parque que mantenga fuera a la gente es conmensurable con su visión del bosque: el fin último es crearlo y ver que permanezca sin cambios. Quizás sea por esto que ellos tienden a criticar las reservas indígenas y extractivas como si la creación de estas áreas de reservas fuese la finalidad de sí mismas.[27]

A continuación, Schwartzman et al. arremeten con una actualización del conocimiento sobre el Manejo amazónico prehispánico. Los autores dan por tierra, nuevamente, con la visión de las culturas amazónicas como de bajo impacto, principalmente por la imposibilidad de superar los límites impuestos por el medio natural. Refiriéndose a la comprensión del bosque según Redford & Cía., Schwartzman et al. afirman que (negreado nuestro),

Estudios arqueológicos, etnobotánicos y etnohistóricos ponen en duda, sin embargo, esta visión del bosque amazónico y más generalmente del bosque americano. La mayor parte de la Amazonía se hallaba, probablemente, más densamente poblada antes del 1500 que en ninguno otro momento de la historia posterior, hasta el siglo XX. o en algunos sitios hasta el día de hoy (Roosvelt 1994; Cleary 2000). Grandes partes del bosque todavía exhiben signos de manejo indígena, tanto intensivo como extensivo (Smith 1980; Balée 1994), o de agotamiento de recursos y posiblemente de crisis ecológica. La ocupación humana era importante, de largo plazo y de efectos duraderos - incluyendo el aumento en la biodiversidad local. El bosque "prístino" apreciado por Terborgh y Redford & Sanderson es, de hecho, un remanente contemporáneo del colapso demográfico de las poblaciones indígenas causado por enfermedades introducidas (Denevan 1992ª, 1192b). Desactualizada, de igual manera, está la percepción de las sociedades indígenas amazónicas como pequeñas, simples, aisladas y no cambiantes. No sólo estuvieron, históricamente, estas sociedades más pobladas que lo imaginado, ellas ocupaban la región por mucho más tiempo y eran, durante el milenio anterior al 1500, más parecidos, socialmente, a los Estados centroamericanos y andinos que a los recientes cazadores y recolectores. Ellos mantenían extensivos intercambios y redes de comercio y eran agentes de una diversidad lingüística, cultural y social, muy dinámica (Carneiro da Cunha 1992; Urban 1992; Cleary 2000).[28]

Schwartzman et al. asumen una perspectiva antropológica y critican la comprensión que Redford & Cia. muestran con relación a una cultura indígena. Cambio no es asimilación es la advertencia formulada por los primeros a los segundos:

La comprensión de una cultura indígena por parte de Terborgh y Redford & Sanderson es mucho más parecida a una lista de servicios de lavandero de ropa, un compendio de rasgos diferenciales y de prácticas. Estos, en el contacto con la gente de la era industrial, son reemplazados por rasgos característicos y prácticas que reflejan nuestra tecnología y nuestros apetitos - armas de fuego en lugar de arcos y flechas, ropas en lugar de taparrabos. La degradación del ambiente es inevitable cuando nuestros rasgos toman el lugar de los de ellos. Sin embargo, mas que como una lista estática de rasgos característicos, la cultura se comprende mejor como la habilidad colectiva de un pueblo de representarse a sí mismo, de reproducirse a sí mismo como grupo, para forjar una identidad común y distintiva (Urban & Scherzer 1991; Turner 1993; Albert 1997). Cambio no significa asimilación o substitución irreflexiva de su cultura por la nuestra. La emergencia de organizaciones indígenas, las afirmaciones étnicas y culturales que acompañan en todas partes las demandas tradicionales de los grupos y las formulaciones indígenas de los temas ambientales son ellas mismas parte de la autoreinvención de los modernos pueblos indígenas.[29]

Toca el turno ahora al tema de la extinción de la fauna debido a la cacería. Al respecto, Schwartzman et al. son categóricos: los indígenas no extinguen la fauna; como sigue (negreado nuestro):

Redford & Sanderson objetan nuestra observación de que la evidencia de agotamiento de especies de caza en tierras de pueblos indígenas y tradicionales es exigua. Una revisión más a fondo de la literatura refuerza nuestra afirmación de que no ha sido reportado caso alguno de extinción o de agotamiento serio de especies de mamíferos grandes de las reservas indígenas o extractivas de la Amazonía.[30]

Schwartzman et al. no se detienen en este punto, conceden a sus oponentes el beneficio de la aceptación del argumento de extinción de especies, sin embargo, tenemos que hay mucho más que la fauna en el bosque. La lógica de la argumentación que sigue a continuación no deja duda alguna (negreado nuestro):

(…) Concordamos con Terborgh que extirpar a los grandes predadores afecta, probablemente a muchas otras especies en los bosques tropicales, en forma particular en paisajes fragmentados, tales como aquellos que fueron el foco de los estudios que él cita. Pero la evidencia es insuficiente para afirmar que el extirparlos afectará a la mayoría de las especies del bosque tropical, las cuales son invertebrados y plantas. De mayor importancia para el presente debate, es que simplemente no puede obtenerse la evidencia de que la cacería de subsistencia, por poblaciones poco numerosas de residentes del bosque, llevará a la extinción local de alguna especie. Todos, Terborgh y Redford & Sanderson concuerdan evidentemente con nuestra afirmación de que tales alteraciones de las especies, de ocurrir, no afectarían los numerosos criterios de nivel superior sobre la integridad del bosque tropical, tales como la vulnerabilidad del bosque al fuego, la fertilidad de los suelos del bosque, el contenido de carbono del bosque, o el rol de los bosques tropicales en los sistemas regionales hidrológicos y de clima.[31]

Para finalizar con este foro de conservación, citaremos a Avecita Chicchón, quien asume una posición casi conciliatoria entre ambos bandos. Esta autora propone esfuerzos concertados de conservación, en los que necesariamente se halla implícito el pleno reconocimiento del derecho de los pobladores locales a tomar decisiones sobre el manejo y el uso de los recursos naturales. En su artículo que lleva por título "La teoría de la conservación conoce la práctica" la autora sostiene que (negreado nuestro),

Los parques-libres-de-gente son un elemento esencial de una estrategia de conservación comprehensiva. Es crucial que existan áreas protegidas sin gente para garantizar la función natural de ecosistemas prístinos. Esta noción no contradice el derecho de las poblaciones locales a participar en el diseño y en el manejo de tales áreas (…) Es posible construir alianzas con poblaciones locales y al mismo tiempo realizar un esfuerzo concertado para reservar grandes áreas libres de gente, prístinas para mantener procesos ecológicos clave en áreas frágiles del planeta. Las experiencias en Bolivia y en Perú muestran que cada grupo social tiene que asumir la responsabilidad por su propia parte de la realidad. La pregunta no es si la población local agota o no los recursos. La pregunta es cómo pueden trabajar conjuntamente diferentes involucrados para llegar a un compromiso para un futuro sostenible.[32]
[1] SCHWARTZMAN, Stephan (*) MOREIRA, Adriana (**) MOREIRA, Daniel (**) Rethinking Tropical Forest Conservation: Perils in Parks en Conservation Biology, Volume 14, No. 5 Octubre 2000. (*) Conservation Biology. Environmental Defense Fund (**) The Woods Hole Research Center e Instituto de Pesquisa Ambiental da Amazônia (IPAM). Pg. 1351
[2] Ibídem Pg. 1352
[3] Ibídem Pg. 1352
[4] Ibídem Pg. 1355
[5] Ibídem Pg. 1355, 1356
[6] Ibídem Pg. 1356
[7] TERBORGH, John (*) The fate of Tropical Forests: a Matter of Stewardship, Conservation Biology, Volume 14, No. 5, October 2000 (*) Center for Tropical Conservation. Pg. 1359.
Más adelante de explica qué son las reserves extractivas.
[8] Ibídem Pg. 1359, 1360
[9] Ibídem Pg. 1360
[10] SCHWARTZMAN, Stephan; MOREIRA, Adriana; NEPSTAD, Daniel. Arguing Tropical Forest Conservaton: People versus Parks Conservation Biology Volume 14, No. 5, October 2000 Pgs. 1372, 1373
[11] TERBORGH, John. Op. Cit. Pg. 1360
[12] Ibídem Pg. 1360
[13] SCHWARTZMAN, S. et. al. Op. Cit. Pg. 1373
[14] K. Redford en el mes de noviembre del año 2000, describía su tarea en WCS en estos términos: “Durante los tres últimos años he estado trabajando en el Programa Internacional de Wildlife Conservation Society en Nueva York, sobre tópicos de conservación nacional e internacional y en estrategias institucionales. REDFORD, Kent H. Society for Conservation Biology Newsletter, Volume 7, Issue 4 Nov. 2000, Pg.3
[15] REDFORD, Kent H. (*) Sanderson, Steven E. (**) Extracting people from nature Conservation Biology, Volume 14, No. 5, October 2000 (*) Wildlife Conservation Society , (**) Emory University Pg. 1363
[16] SCHWARTZMAN, S. et. al Op. Cit. Pg. 1372
[17] REDFORD, Kent H. et. al Op. Cit. Pg. 1363
[18] Ibídem Pg. 1363
[19] Ibídem Pg. 1363
[20] SCHWARTZMAN, S. et. al Op. Cit. Pg. 1371
[21] REDFORD, Kent H. et. al. Op. Cit. Pgs. 1363, 1364
[22] Ibídem Pg. 1364
[23] SCHWARTZMAN, S. Op. Cit. Pg. 1371
[24] COLCHESTER, M. Op. Cit. Pg. 1365
[25] Ibídem Pg. 1365
[26] SCHWARTZMAN, S. et. al. Op. Cit. Pg. 1370
[27] Ibídem Pg. 1370
[28] Ibídem Pg. 1370, 1371
[29] Ibídem Pg. 1371
[30] Ibídem Pg. 1371
[31] Ibídem Pg. 1372
[32] CHICHÓN, Avecita (*) Conservation Theory Meets Practice Conservation Biology, Volume 14, No. 5, October 2000 (*) Program on Global Security and Sustainability, The John D. and Catherine T. MacArthur Foundation Pg. 1368, 1369

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